martes, 28 de octubre de 2008

Gato MO, todo era más fácil cuando tú estabas.
Regresaba a casa buscando tu voz,
el hueco de tu cuerpo,
tu invitación a la confidencia,
tu rotunda compañía.
Creo que nunca me sentí más entendida como cuando tú elegías mirarme.
Ahora, tu recuerdo se escapa.
Yo lo mantengo caliente. Le doy el calor de mis besos.
Y recuerdo tu infancia loca,
de risas desatadas,
de azoteas ajenas,
de acechanzas y rincones prohibidos.
Recuerdo tu elección.
Tu vocación.
Tu amor inmenso.


Me siento huérfana.
Ojala estuvieras aquí,
pero no estas.
En cambio,
guardo todo lo que tú me enseñaste.
Mi compañero, mi igual, mi custodio.
Ya no te lloro.
Salvo cuando me puede la nostalgía.
Ya sabes, un buen día me volví de lágrima fácil.
Sé que me perdonaste todo,
tu amor era extenso
libre
sabio.
Si pudiera aprender lo que tú siempre supiste.
Felino.
Animal.
Alma sola.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Elogio animal

A LOS ANIMALES DEBO, sin duda, algunos de mis afectos más importantes y tengo que reconocer, aún a riesgo de que esta confesión escandalice a más de uno, que, a medida que cumplo años, me veo incapaz de ver los maravillosos y ya clásicos documentales de La 2 sin ponerme a llorar como una bendita; mientras, por el contrario, los telediarios o las páginas de sucesos de los periódicos, hoy por hoy, apenas provocan en mí un brote de indignación ya cansino o una tristeza que diezma aún más mi probrecita fe con respecto a todos nosotros. No puedo remediarlo. Me surge de dentro, visceralmente.
Hoy, podemos leer en un periódico nacional la historia de “Ratcher”, una perra iraquí adoptada por una sargento norteamericana que tuvo que remover cielo y tierra para poder llevarla consigo a su país (hasta para esto la burocracia levanta muros casi insalvables). Así contada, la historia suena a anécdota feliz, pero, como sabemos ya, los americanos son exagerados para todo, y en este caso, no se hizo ninguna excepción. Las vicisitudes de la perra iraquí han tenido tal repercusión mediática que ha sido inevitable que muchas voces se alcen indignadas pidiendo el mismo trato para las víctimas que a diario se cobra esta guerra, mujeres y niños que también merecerían ocupar con sus nombres y sus rostros las primeras páginas de los diarios más importantes de esta nación empecinada en dominar el mundo. Pero el olvido es precisamente uno de los efectos más devastadores de la guerra a largo plazo. A estas alturas, si miramos para dentro, no nos costaría nada reconocer como propia esa hectárea de olvido de la que hablo.
Sin embargo, me resulta tan sospechoso que siempre que se habla del sufrimiento animal, y puedo asegurar que es bien poco (el caso de “Ratcher” llama la atención por excepcional), alguien salte raudo empuñando su indignación como pretexto, argumentando lo ya sabido... “hay cosas más importantes”. Es triste y preocupante que ese argumento esconda la misma tolerancia a la violencia de siempre.
Una nota: en una ciudad de México ha abierto sus puertas un hogar de acogida para animales maltratados (omito las historias escalofriantes de cada uno de ellos, porque, sin duda, herirían sus sensibilidades) de los que se encargan precisamente personas, muchas de ellas jóvenes, que también han sufrido abusos, maltratos y discriminación por ser deficientes. Unos y otros han recuperado una parcela de felicidad y entendimiento, mientras cicatrizan y esperan también algún día poder olvidar.


(Este texto lo publiqué en el periódico en el que trabajo hoy, 22 de octubre)

miércoles, 15 de octubre de 2008

Mi sol



Realmente tu eres el sol de mi memoria. Las fuerza de mi músculo. La sombra importante del animal que soy.
Gracias por no irte.

miércoles, 1 de octubre de 2008

La madre gata alimenta a su hijo gato

Lo mira, baja la cabeza,
seguramente hablándole a su modo.
Entonces,
poco a poco
llega él hasta el pecho enriquecido:
se pega, traga, estira, se atraganta
y ella? En paz.
La madre gata no lo esquiva,
ni fija tiempo, condición:
no hay lucha.
La madre gata no tiene senos que cuidarle a la lujuria
hurtçandole a su hijo el alimento
y el hijo gato, claro
no defiende, goloso, su derecho.
Y asçi estarçan el tiempo que çel decida
hasta que elija su camino:
estrenando un tejado,
en juego distanciado con la luna,
en su grito de guerra interminable
o el día del pez llevado hasta la espina.



(Desconozco el autor/a de este poema, pero sé que es hispanoamericana. Sólo conservo una hoja suelta)

Amor entre perros y gatos

Gatos de Nerja



Llego de Nerja. Un pueblo azul, blanco, de olor a jazmín, de sonidos gatunos. Un pueblo de rincones para callejear. Allí tengo muchos amigos felinos. En primer lugar esta Blanquita y Negrita, dos gatas que conviven con una pareja inglesa en una urbanización llena de jardines y casitas de dos plantas que se asemeja a un pequeño y particular pueblo donde gatos y personas conviven en total armonía.
Blanquita y negrita son las primeras en acudir a nuestra encuentro cuando llegamos, y desde ese mismo momento habitan nuestro jardín y esperan la hora en que nos levantamos. Son muy diferentes. Negrita es salvaje, celosa, solitaria y juguetona. Blanquita es dócil, tranquila, cómica y muy fisgona. También le gusta jugar y nunca pide comida.
También está Casanova, un siamés castrato que baja desde su casa para encontrarse con nosotras. Es cariñoso, suyo y un poco enemigo de Blanquita y Negrita.
Luego está Gemma, una cachorro de nueve meses que se pitorrea de su dueña alemana y nos persigue a todos sitios. Es incombustible. Le toma el pelo a Casanoba y no le tiene nigún miedo a Negrita.
Continuamos con Franki, el gato dcel viejo zapatero, un personaje realmente especial y encantador, que también es vecino de Casanova. Es biscorniado, muy grande (parece un perro)y muy cariñoso también.
Creo que todos ellos son amigos nuestros porque, entre otras cosas nos reconocen y también, y sobre todo, porque jugamos como ellos.
De camino al pueblo llega Paquito, una especie de persa que sale a la calle de noche y se acomoda en una esquina. Cariñoso, cantador, y muy bueno con las personas, dicen que es el temor del resto de los gatos de la zona, y le gustan los perros.
Rufino se pasa el día en una tienda de piedras, fosiles y colgantes que regenta una chica canaria que lleva unos quince años en Nerja. Nos cuenta que acaba de perder a varios amigos en el accidente de Spanair y sé que evita mirarnos para no llorar.

Como vez Gato Mo, cultivo esta gran familia que me acerca a ti y que sin embargo me reafirma que todos los que somos animales somos también distintos y especiales.
No dejo de imaginar lo feliz que hubieras sido en un lugar como Nerja.
Ya estoy aquí.
Recordándote con amor.

martes, 2 de septiembre de 2008

Gato Mo te veo a la vuelta de Málaga, aunque tú siempre vas conmigo.